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dimarts, 6 de desembre de 2011

La misa del gallo



imagen obtenida de http://sanamadorysantaana.wordpress.com

Para los católicos de Occidente y Latinoamérica esta misa es la más entrañable y concurrida de las que se celebran a lo largo del año. Comienza con el canto que nos habla del nacimiento eterno del hijo. La liturgia continua con la narración del nacimiento. Después viene la homilia sobre el misterio del dia y acaba con el agape del Señor.

El recogimiento y sobriedad actual tiene muy poco que ver con el que se celebraba desde la Edad Media y hasta principios del siglo XX. Durante ese tiempo el acto litúrgico quedaba sumergido en una alegría popular que solia resultar escasamente respetuosa con el entorno eclesial.

La denominación de Misa del Gallo parte de una fábula que afirma que el primer ser vivo que vió el nacimiento del niño fue un gallo y que se ocupó de cacarear la buena nueva a los cuatro vientos de la madrugada.

Desde el punto de vista simbólico el gallo representa un signo solar en la mayoria de las culturas. Hasta comienzos del siglo XX la llegada de la medianoche de la Navidad era anunciada con el canto de un gallo que era ejecutado por un niño del coro, un pastor de entre los asistentes o un gallo de verdad. De ahí viene también el nombre de esta misa.

Se instauró a partir del Concilio de Efeso en el año 431. En muchas zonas esta misa se ha celebrado acompañada de panderos, triángulos, castañuelas y pitos dispuestos a armar jarana abusando de la libertad que se concedía en esta misa. En muchos pueblos los pastores acudian con las prendas típicas de su oficio y uno de sus animales, que luego llevaban con ellos a adorar al niño. Esta tradición de los pastores pervivió hasta el primer cuarto del siglo XX.

El jolgorio era la nota dominante de esta misa y nadie renunciaba a su parte de diversión. Los jóvenes iban pertrechados con toda clase de instrumentos que en muchos momentos de la liturgia hacían sonar. Los organistas tenían licencia para mezclar las piezas sacras con ritmos populares.

El momento de la adoración por parte de los pastores provocaba empujones entre ellos para llegar el primero y los dulces que depositaban muchas mujeres durante la adoración los recogían después en la sacristía junto con el pan bendecido.

De esos días de juerga partió la costumbre de estrenar ropa nueva para asistir a la misa del gallo. Si no se estrenaba nada se hacía un favor al demonio que era muy envidioso y cuanto mejor fuese la pieza nueva, más estragos se hacía al diablo. Esta costumbre se mantiene en nuestros días.

Con el auge de la cultura urbana, los jolgorios fueron proscritos dando paso a liturgias ordenadas y burocratizadas al gusto de la burguesía urbana que comenzó a desarrollarse con el comienzo de la revolución industrial.

Del gallo que dió nombre a la misa solo queda el nombre. Lo eclesial desterró a lo popular. Tras muchos siglos sin lograrlo se quiso dejar claro que aunque el Niño Jesús y el Niño Sol encarnan un mismo mito la celebración del primero no debe contaminarse con las formas festivas del segundo.

La misa del gallo católica cumple no obstante con su función litúrgica de eregirse en canto de admiración y agradecimiento por el mítico nacimiento que hace renacer en los creyentes la esperanza en el futuro.



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