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dilluns, 17 de juny de 2013

Cuento de verano. El tesoro oculto

Hace ya muchos siglos, un hombre muy rico y muy poderoso encontró en su camino a un pobre diablo que iba a pie, bajo el cálido sol del verano. Pese a su aparente indigencia, parecía sereno y alegre. Sólo tenía un par de zapatos y un bastón, que le ayudaban a avanzar por los caminos difíciles, sin más protección contra los rayos de Febo que su buen humor. Su rostro respiraba felicidad.

El hombre rico, en cambio, viajaba en una hermosa carroza, tirada por orgullosos corceles blancos. Sus servidores blandían sobre el vehículo un inmenso parasol y grandes abanicos de tornasonados colores. Todos los que componían el séquito del señor iban vestidos con los más hermosas libreas, adornadas con bordados de oro. Pero él, acurrucado en la obscuridad, entre sus almohadones, ofrecía sin cesar un rostro atormentado, preocupado como estaba por aumentar a cada instante su ya inmensa fortuna.

Sin embargo, su perpetua búsqueda de dinero no le había vuelto indiferente al dolor de los demás. Divisando al pobre que caminaba no lejos de allí, hizo detener su vehículo:

--Hola, ¿a donde vas así, buen hombre? Pareces muy necesitado ¿Quieres formar parte de mis servidores? Así podrás abandonar esta miseria. Pago a cada uno cien sueldos.

--Muchas gracias por vuestra generosidad, señor --respondió con dulzura el humilde caminante--. Prefiero conservar mi libertad. Me permite ir y venir a mi antojo y a donde me parece. Además, a decir verdad, he iniciado un largo viaje en busca de un tesoro.

--¿Un tesoro¿ Me interesa --continuó el riquísimo personaje, siempre ávido de más bienes-- ¿Como es eso?

--Si, mi señor, un hermoso y maravilloso tesoro. Quien lo descubre se convierte de inmediato en el más rico y feliz de los hombres. No hay fortuna en el mundo que pueda igualar lo que busco.

--Pero dime donde está, te ayudaré a encontrarlo y lo compartiremos. Es un trato que me parece muy equitativo. ¿Qué me dices?

--Tenéis razón. Mi tesoro exige muchos esfuerzos. Está muy lejos, allí, después de las estepas y las montañas, más allá del desierto y de los mares. Dos no seremos demasiados para descubrirlo. Acepto que vengáis conmigo. Pero tenéis que dejar aquí vuestro séquito y vuestra gente, porque este tesoro tiene un secreto: se revela a quienes se han tomado el trabajo de buscarlo, sin artificios de poder o gloria.

--Así sea, partiré contigo-- respondió de inmediato el ricachón, abandonando allí a su séquito y sus caballos, olvidando su comodidad y sus protecciones contra el sol.

Ambos hombres se pusieron en camino enseguida. Anduvieron días y lunas. Atravesaron los desiertos del sur, donde vieron suntuosos paisajes y magníficas puestas de sol, bajaron por ríos en los que pescaron peces de exquisitos sabores, treparon a montañas donde vieron por primera vez la nieve, descubrieron las estepas del norte y sus espléndidos purasangres salvajes. Avanzaron así durante largas estaciones, afrontando juntos mil peligros. Cuando el rico mercader se hirió en el pie con una piedra, el sabio le llevó en sus hombros, y así durante varios días. Cuando este estuvo, a su vez, debilitado a causa del frío, el señor le ofreció sus ricas ropas para protegerse.

Transcurrieron así los meses. Por el camino, ambos hombres aprendieron a conocerse. Mantenían grandes discusiones que, a veces, también les hacían reir. Dormían unas veces bajo las estrellas, otras en improvisados refugios, se alimentaban frugalmente y compartían el vino cuando, por fortuna, lo encontraban. El mercader nunca preguntaba dónde estaba el tesoro, por miedo de parecer incongruente. Cierto día, sin embargo, cuando había transcurrido ya un año desde su partida, le preguntó a su compañero de camino.

--Hace meses que avanzamos --le dijo. Hemos afrontado mil peligros. Hemos atravesado desiertos, mares y llanuras, y sigo sin ver el tesoro. ¿No te habrás equivocado, amigo mio?

--En absoluto. He encontrado el mayor, el más hermoso y el más maravilloso de todos los tesoros. --¿Cómo es eso? --se extrañó el otro, furioso de pronto al no haber advertido nada-- ¿Lo has encontrado y no me has dicho nada, felón? ¡Traidor! ¡Teníamos que compartirlo! Dime donde está.

--Aquí, a mi lado, desde hace semanas y meses --respondió el sabio--. Me he enriquecido con tu amistad y tú con la mía. ¿No es esta la mayor de las fortunas?

Su compañero recibió estas palabras sin abrir la boca. Luego, con lágrimas en los ojos, comprendiendo el mensaje, se levantó y estrechó a su amigo entre sus brazos.

Al cabo de unos minutos, añadió: --Creo que ahora debemos proseguir nuestra ruta. Y, juntos, ambos hombres siguieron su camino.

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