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dissabte, 21 de setembre de 2013

Cuento de otoño. El espejo mágico



Cierto día, en un país lejano y en tiempos remotos un joven que paseaba por las avenidas de un mercado descubrió un extraño puesto de objetos extraordinarios. Estaba lleno de un revoltijo de las más insólitas curiosidades. El joven quedó fascinado. Algo apartada, descubrió una pieza de rico terciopelo que cubría un objeto plano y redondo.

¿Qué extraño este tejido que envuelve a esa extraña forma? Preguntó al mercader. –es cosa de magia. –respondió este—Acércate, voy a enseñártelo.

Con infinitas precauciones, levantó el paño. El joven descubrió entonces una especie de bandeja cuya superficie era pulida y brillante, de una materia que nunca hasta entonces había visto y que lanzaba curiosos reflejos.

Intrigado, se inclinó. Con gran sorpresa, reconoció en el interior la imagen de su padre, muerto desde hacía años, tal como era en su juventud.

Se incorporó bruscamente, muy conmovido, pensando que sufría una alucinación. Luego miró de nuevo el objeto y vio, otra vez, a su padre que le miraba también. Conmovido al volver a ver a quien tanto había amado, el joven le sonrió, y su padre le sonrió también.

--Tienes razón, mercader. ¡Es un objeto mágico! –exclamó-- ¡te lo compro! –se llama espejo –respondió el otro--. Es un utensilio raro y precioso. Su valor es inmenso.

--No importa –respondió el comprador excitado--. Te doy todo lo que poseo para llevármelo. Gracias a él, podré ver de nuevo, tantas veces como desee, a mi amado padre.

Cerraron el trato. Una vez de regreso en su casa, el joven ocultó el espejo en su desván. De vez en cuando iba a ver la imagen de su padre y permanecía largas horas contemplándola.

Intrigada por esos momentos de prolongado y repetido aislamiento, su mujer aprovechó un día su ausencia para intentar desvelar el secreto de su extraña actitud. Y en el desván, levantando el paño de terciopelo, descubrió el espejo y vió… a una mujer.

¡Su marido quería a otra! Al regresar, ella le hizo una escena terrible. Aulló mil reproches. Había descubierto su secreto, ¡él, a quien tanto amaba, era culpable de la más infame de las traiciones!

--En absoluto –se defendió--, es la imagen de mi padre la que voy a contemplar cada día. ¡Y eso me llena de felicidad! –Mentiroso. Vas a ver a una mujer…

La disputa iba en aumento. El marido propuso entonces a su esposa buscar a una opinión exterior para que la resolviera.

Se fue al convento vecino a buscar una monja para pedirle arbitraje. La santa mujer solo podía decir la verdad.

Fue y, a su vez, se inclinó sobre el espejo. Levantó la cabeza y sentenció, doctamente: ¡Es una monja!

Así pues, toda la desgracia de los hombres procede de que no miran el mundo tal como es, sino tal como lo ven.


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