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dimarts, 24 d’abril de 2018

Oramos a un Dios Padre

El rasgo más original de la oración cristiana proviene del mismo Jesús, que nos ha enseñado a invocar a Dios como Padre. La oración del cristiano es un diálogo con un Dios personal que está atento a los deseos del corazón humano y escucha su oración. Orar teniendo como horizonte a un Dios Padre es invocarle con confianza filial.

Jesús siempre se dirigió a Dios llamándole Abba (Padre). Y fieles a ese espíritu, también nosotros sintiéndonos hijos en el hijo nos atrevemos a decir lo mismo. El cristiano no reza a un Dios lejano al que hay que decirle muchas palabras para informarle y convencerle. Esa oración, según Jesús, no es propia de sus discípulos. Oramos a un padre bueno que nos ama sin fin: Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más vuestro padre del cielo dará cosas buenas a los que se las pidan.

Orar a un Dios Padre no infantiza. Al contrario, nos hace más responsables de nuestra vida. No rezamos a Dios para que nos resuelva los problemas. Oramos y vigilamos para fortalecer nuestra carne débil y disponernos mejos a cumplir su voluntad. No se trata de seducir a Dios sino de dejarse seducir por él, confiar en él, abandonarse en él.


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